  Originalmente, esta iglesia debió proyectarse de una sola nave,
gótica en tres tramos. Con el renacimiento, que tempranamente encontramos en otras
construcciones del valle, debieron presentarse necesidades que supusieron también una
variación estilística. Se incorpora la capilla lateral izquierda que aún se cubrirá
con dubitativas, toscas, crucerías tardogóticas. El arco casetonado que marca el paso a
la capilla (Sebastián del Terrero), y la portada de la iglesia, son elementos
renacentistas.
Poco más tardíos, son el tramo posterior de la nave, coro
y torre (Rodrigo de la Cantera, padre e hijo, desde 1580), y la capilla derecha, traza de
Martín de Zaldúa construida por Pedro de la Biesca a partir del 1713, simétrica a la
otra capilla, más baja como ella respecto a la nave, completando la falsa planta de cruz
centrada actual. De éste último maestro de obras es también el pórtico. La sacristía
por su parte, es obra neoclásica construida por Antonio de Echaniz, a partir del 1791,
según traza del madrileño Pedro García.
Interesante amueblamiento, desde mobiliario neoclásico en
la sacristía a, volviendo atrás, el retablo mayor clasicista de mediados del XVII
(Antonio Alloitiz), a los de las capillas laterales, de inicios del XVIII.
Vista en su entorno, en cambio, la
extrañeza puede ser una dulce forma de explicar la sensación que produce. Simplemente
era la Academia: podía llegar a ser indiferente el lugar, ellos creaban un nuevo mundo.
Filosofía que encontraremos más comúnmente extendida en Busturia (Nabarniz, Bermeo y
especialmente Ajangiz, entre otros).
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