ARGENTINA

EL ALTIPLANO: LA PUNA-.

S. Salvador de Jujuy, su nombre, sus gentes, son ejemplo vivo del mestizaje de razas, de culturas. Una agradable ciudad entre montañas, surcada por dos ríos y a casi 1.300 m de altitud, fundada en 1593 por Francisco de Argañaraz y Murguía, que conserva su imagen mas tradicional de casonas con balcones y patios floridos, junto a una actividad comercial importante: Jujuy es un buen lugar para al menos conocer todas las artesanías de la región, hilados, kilim, etc de lana de oveja o de llama, cerámicas, etc, productos que veremos también por los mercados locales de los pueblos de la Puna. La zona comercial se concentra en torno a las calles Lavalle (mercado), Alvear o Belgrano. Edificios de interés son la catedral, barroco español con portada y torre neoclásicas, las iglesias de S. Francisco y Sta Bárbara, la Casa de Gobierno, la colonial sede de la Policía (antiguo Cabildo), y los Museos Carlos Darwin (curioso en estos lugares), el Museo Mineralógico y Paleontológico, el Histórico-Provincial o el de Arte Sacro.

La Puna es una planicie por encima de los 3.400m de altura, a caballo entre Argentina, Bolivia y Perú, el sur de lo que fuera el imperio Inca. Un clima duro y seco, habitado por llamas, vicuñas, suris, cóndores...y los collas, pueblo heredero de las culturas aimara y quechua, integradas en su día en el citado imperio inca. Un país de imponente paisaje, de ritos y costumbres que sorprenden al urbanita occidental, un pueblo muy suyo, y sin embargo muy ritualizado socialmente, con cientos de festividades y mercados, que a lo largo del año salpican de acontecimientos la región, y convierten los caminos y senderos en procesiones de colorido, en encuentros a los que el forastero es bienvenido, y donde se manifiesta con gran sentimiento todas las penas, alegrías, ansiedades y esperanzas de un pueblo, en un mestizaje singular y único de las culturas india y cristiana.

Soledad y fiesta, la Puna. El país donde se unen el cielo y la tierra, un lugar distinto a todo lo que usted haya conocido, una forma alternativa de vivir, incluso de ser turista, donde las actividades vacacionales bien pronto se adecuan a un ecosistema alternativo. El lugar, la naturaleza, la luz, la altura, sus gentes y costumbres, se imponen sobre el visitante foráneo, hasta el punto de que en pocos días hay un cambio en nuestra mentalidad evidente. No intente resistirse al mar de la altura, a los posibles dolores de cabeza o el agotamiento. Acuda al remedio natural y tradicional del país: lleva siglos funcionando, y sus efectos "secundarios" son literatura: una infusión, un mate de coca, es el mejor remedio, y por otra parte perfectamente legal en estos lugares. Esto es la Puna, y mimetizarse con el país es toda una experiencia. Ni mejor, ni peor, distinta.

Siguiendo al norte por la ruta 9, a 20km de Jujuy, en un desvío a la izquierda, está Termas de Reyes, un balneario con aguas por encima de los 50º, en la quebrada del mismo nombre, un lugar agradable donde dormir, y tomar baños termales antes de ascender a lo mas alto de la Puna. Desde Termas, puede seguirse hacia las laderas del Nevado del Chani, un lugar de habituales lagunas, ricas en pesca del pejerey, rodeadas de bosque; más allá el verde desaparece, incluso el agua y las lagunas inundables pronto se secan, por lo que la región que se extiende hacia Chile siempre ha sido una riqueza natural importante, tanto como para que por aquí pasase el Camino del Inca.

Volvamos a la ruta 9, rumbo norte. Toda la ruta es una variación sorprendente del paisaje, paralela siempre al Río Grande, y elevándose progresivamente. De hecho, desde Jujuy estaremos recorriendo la larguísima Quebrada de Humahuaca, casi 150 km hasta la ciudad del mismo nombre, una sucesión de pequeños y fértiles valles, separados por angostos cañones donde la naturaleza ha conformado caprichosas formas multicolores. Una inevitable parada está en un desvío a la izquierda que nos lleva a Purmamarca, un valle y pueblo de sorprendente fuerza natural, junto al "Cerro de los 7 colores",que ya fue parada del Camino del Inca comerciando con la sal, y cuyo nombre respetó el conquistador "pueblo del león". Rodeados de sierras multicolores y álamos, este pueblo es un remanso de paz al costado de todo tiempo, tan solo alterado por su mercado tradicional, las conmemoraciones a Santa Rosa de Lima, el 30 de agosto, en torno a la curiosa ermita y a la plaza, con su enorme algarrobo, cuya antigüedad se sitúa en los 800 años. Las paredes de la ermita son de adobe, como todas las construcciones de la región, y la techumbre es de cardón, con viguerías y coro "forradas" en igual material, una componenda esta última un poco "kitch" para este lugar, como también lo es la imagen de los primeros centros hosteleros, que anuncian acaso la llegada de una modernidad imposible de detener. Desde aquí, siguiendo el camino hacia el oeste, ascendiendo las cuestas de Lipán, llegamos a las salinas Grandes, por lo demás una zona desértica rodeada de cumbres, y a través de la que podemos llegar a Chile, a través del paso de Jama. Unos 250km a la frontera, y otros 165 a S.Pedro de Atacama, la primera ciudad importante chilena.

De vuelta a la Ruta 9, a unos pocos quilómetros encontramos Tilcara ("estrella fugaz", en quechua), importante núcleo histórico, que aglutina algunos de los museos imprescindibles para conocer la riqueza cultural de esta región. El Museo Arqueológico, acumula importantes colecciones locales, como de las vecinas Chile y Bolivia, urnas funerarias y momias indias, útiles, etc. Para una visión completa, son también muy válidos el Museo del Folklore, y el Botánico de Altura. Y hay que visitar, sobre la colina al norte del pueblo, el Pucara de Tilcara, unas ruinas parcialmente reconstruidas de un pueblo fortaleza originario, en el que se han encontrado restos de muy distintos periodos, y que tiene el honor de haber sido el último lugar conquistado por los españoles, en el 1594, al apresar al cacique local, Viltipoco. Los habitantes de estos lugares eran agricultores, practicando la ganadería de llamas, pero también la caza de vicuñas o guanacos; fabricaban cerámica, desde platos a grandes vasijas para almacenar alimentos, sabían salar la carne, como hoy sigue haciendo el pueblo coya, y se vestían con telas hiladas de lana de vicuña y llama, hiladas con husos a mano y tintadas en vivos colores naturales, los mismos que aún hoy se usan. En 1908 comenzaron las excavaciones en este lugar, con una primera restauración, completada al estado actual a partir de 1948 por el equipo del Dr Casanova.

La fuerza de las tradiciones locales, está presente en los Museos, pero aún también en el paisaje, en las gentes. Tilcara es quizás la mejor de las posibles entradas a toda esta expresividad, fuerza y a la vez quietud del altiplano. Aquí se funde lo indio y lo aportado por el conquistador, visible especialmente en los momentos festivos y de religiosidad expresiva, desde los carnavales continuados día y noche durante una semana, a los paneles floridos de la Semana Santa.

Y siempre, la carretera dibuja paisajes especiales, en los valles de la quebrada, granjas de adobe y paja, llamas y pequeñas huertas, antes de alcanzar nuestra siguiente parada. Humahuaca , a casi tres mil metros de altura, fue fundada en 1591 por Juan Ochoa de Zárate, con el nombre castellanizado de los indios que por aquí habitaban, los omoguaca. La ciudad se define en calles ordenadas que se extienden entre la colina, la carretera exterior y el ferrocarril, en una dimensión tan abarcable como urbanísticamente comprensible y didáctica. Y el ambiente urbano, de casas bajas generalmente de adobe, conforman manzanas de agradables patios interiores, que permiten una vida pública exterior, y otra interior privada. La trama de la ciudad se corta en la plaza central, donde se sitúa la Iglesia de la Candelaria, neoclásica al exterior, barroca en las pinturas y el rico retablo interior. Otro frente de la plaza arbolada lo conforma la Municipalidad, un curioso edificio de 1935 en una insospechada simbiosis entre decoraciones locales y volúmenes que recuerdan con claridad imágenes del Secesión europeo. La imagen de S. Francisco Solano, impartiendo bendiciones a la hora del Angelus, desde el reloj del Ayuntamiento, como el Monumento al Indio sobre la escalinata en perspectiva que se abre a la plaza, es obra de Ernesto Soto, cuyo Museo hemos podido visitar en Tilcara.

Humahuaca ejerce de pequeña capital de la zona, y ello es evidente en su comercio, en el número de establecimientos hosteleros, en la apertura de "negocios alternativos" que por estos lares abren incluso jóvenes que aquí llegan huyendo de la gran ciudad. El restaurante de Fortunato Ramos es una institución local, su buena mesa y mejor asador, como sus "recitados": frente a él, la tienda de tejidos y jerséis en lanas de llama, también lo es. Pero además el albergue Humahuaca, es una propuesta que sin duda precisa de un espíritu juvenil para disfrutar de sus habitaciones comunes al patio, mientras en su bar se puede paladear quesos, una excelente tarta de manzana, y del humor de la joven pareja bonaerense que lo regenta. La oferta hotelera tiene pendiente la recuperación del impresionante Hotel de Turismo, cuya imagen exterior te atrae como un imán, mientras su interior destartalado es como una patada en el trasero, resultado de una gestión errática y digna de mejor empeño.

 Alrededor de Humahuaca, podemos elegir perdernos en una comarca que reúne lo mejor de arqueología precolombina, desde el yacimiento inexplorado de Coctaca, apenas a 10 km, hasta Tres Cruces, a 45 km, con la Cueva del Inca y sus importantes pinturas rupestres. Etnografía pura es Iruya y su entorno conformado por Titiconte y S. Isidro, a 75 km de Humahuaca por la RP13, una zona donde es aconsejable llegar con un guía (un baqueano local), por la dificultad de los accesos, y la necesidad de utilizar a veces caballos. Con tiempo y ganas de aventura, la visión cierta de las mas puras tradiciones, y de unos paisajes irrepetibles, vale la pena.

Mas a mano está Abra Pampa, siguiendo nuestro camino hacia el norte y ya a 3.500m de altitud, una ciudad fundada recientemente, 1883, con el ilustrativo nombre de Siberia Argentina; los fundadores seguramente huyeron a climas mas apropiados y los indígenas recuperaron el lugar y una toponimia mas apropiada. Estamos definitivamente en zona aborigen, vivo en las calles del lugar, en sus gentes, en el mercado local que se celebra con asiduidad en las campas a la derecha de la carretera: imposible pasar sin verlo, pues los indios acuden por doquier con todo su colorido, sus animales (vivos, muertos, y muy pero que muy muertos), haciendo del campamento un espectáculo visible a distancia. Aquí se compra, se vende, y se ejerce el trueque: es decir, sentarse junto a ellos, ver y oír, aunque no entendamos su imposible lengua, es el mejor espectáculo en estos lugares.

 

Desde Abra Pampa, se llega a Casabindo (también con autobuses locales, si no queremos destrozar nuestro vehículo), un lugar perdido donde un español no podría imaginar que se celebra (solo el 15 de agosto) una versión local de una corrida de toros. A medio camino, la Estación Zootécnica del Inta, un centro experimental que es una oportunidad visitable de conocer a los cuatro tipos de camélidos sudamericanos, desde los mas conocidos como la llama, a los mas difíciles como el guanaco y la vicuña, y también la alpaca (especie propia de Chile y Perú).

El final de la Ruta 9 argentina, está en La Quiaca, ciudad fronteriza. Su mejor presentación es ser la capital del carnaval puneño, explosivo en el tercer domingo de octubre, fiesta casi nacional de los coya, sean argentinos o bolivianos, y que inundan la ciudad de todo su color y su artesanía; coincidir en estas tierras en esas fechas, supone conocer y poder adquirir lo mejor y mas variopinto de la alfarería, telas, instrumentos musicales, etc. Por cierto, el Hotel de Turismo, es en este lugar una joya de valor incalculable, límpio, cuidado, buena cocina, incluso Internet a su servicio. No es un espejismo.

A 15 km, en paralelo a la frontera hacia el este, está Yavi, ciudad que ejerció en tiempos de colonización como capital de la Puna y sur de Bolivia, asentada como sede del Marqués del Tojo, a quien Felipe V otorgó estas tierras. El estado actual de la Casa del Marqués es mas bien deplorable (incluso que aquí se conservase un incunable del Quijote, lógicamente robado recientemente), no así la Iglesia de S. Francisco, magníficamente cuidada gracias al fervor local, y original como el palacio al que servía de finales del XVII, y que posiblemente sea una de las mejores iglesias barrocas de toda Argentina. Tiene nave central con coro pintado, con viguería trabajada en madera, como la capilla lateral, ambas con rico retablo barroco, como el púlpito, en todos los casos dorados en láminas de oro. Solo si se dispone de transporte especial, o se contacta con especialistas, es impresionante hacer desde aquí la difícil ruta de los Abras, imposibles en la época de lluvias, verano, diciembre a abril, hasta 5 cortadas o abras, a mas de 4.200 m de altitud, y el impresionante descenso hacia Santa Victoria Oeste, ya en la provincia de Salta.

Villazón, primera ciudad en Bolivia, es un lugar tan bueno como otro cualquiera para introducirse en el llamado tercer mundo. Ya en el aparcamiento antes de la propia frontera, los niños le asaltarán literalmente sin saber muy bien que hacer al respecto: regáleles cualquier cosa que lleve consigo, de un bolígrafo a una coca-cola, y si se queda mas tranquilo, y va a regresar, prometa unas monedas a quien le cuide el coche, y solo déselas a su retorno: le estará esperando, no tienen otra cosa que hacer.

 

Unido a la Quiaca por el puente internacional de la Ruta Panamericana, y el del ferrocarril, Villazón vive del tráfico comercial con sus vecinos, una ciudad campamento imposible de medir en los kilómetros de puestos y tiendas que ofrecen su variopinta mercadería. El dudoso origen de muchos productos es apreciable a poco que se abra los ojos, en ciertos movimientos permisivos, que no gratuitos, en la propia frontera boliviana. Y lo mas de lo que se ofrece entraría en el "mercado del todo a 100" europeo. Pero también y nuevamente, los tejidos y artesanías coyas, se mezclan aquí con artesanías de la plata boliviana, sin olvidar las docenas de puestos y "autónomos" que ofrecen la coca, hierba que Bolivia produce masivamente, y este es un punto de salida hacia la región vecina donde se consume pero no se produce, como en toda Argentina. Villazón es también estación terminal de toda una red de desvencijados autobuses que se dirigen hacia las capitales al norte, La Paz, Potosí, Sucre..., y también del ferrocarril, cuya estación está a 1km de la ciudad, aunque las vías la atraviesan, a la espera de que algún día se recupere el recorrido argentino y el tren pueda continuar hacia el sur. Uno u otro medio de transporte, son una experiencia fuerte, por si mismos, por el recorrido, por el pasaje, y por el paisanaje...Bolivia se abre ante usted. Despídase aquí de los últimos rescoldos del mundo occidental...

 

VOLVER A INTRODUCCION

 

VOLVER

 


 

.:CONTACTO:.              .:VISITAS:.