La semana
vacacional de Carnaval me ofreció la ocasión de viajar a Túnez por primera vez. En mi
cabeza rondaban mis deseos de combinar descanso y cultura. Era mi intención disfrutar del
reconocido confort de un buen hotel en la costa tunecina y al mismo tiempo dedicar parte
de mi estancia en ese país a conocer un poco de su historia, sus costumbres y el modo de
vida de sus gentes.
Además de recorrer algunas variopintas medinas y otros tantos
coloristas y amalgamados zocos, pude contemplar también los muchos mosaicos del Museo del
Bardo en Túnez capital, mis pasos deambularon por las ruinas de la histórica Cartago, me
acerqué al tan alabado pueblo costero de Sidi Bou Said. Aprecié la solidez de vetustas
murallas, torres y mezquitas. Supe que las Ribats son antiguas edificaciones
características de la costa, mitad fortaleza, mitad convento.
Con todo, pienso
que la visita al Mercado de los Camellos fue una de las experiencias más excitantes
vividas en los siete días pasados en tierras tunecinas. Alguien nos había aconsejado no
dejar de acudir al Mercado de los Camellos que se celebra los domingos a las afueras de
Susa, tercera ciudad en habitantes de Túnez. Un taxi nos llevó allí, dejándonos a las
puertas del recinto ferial. La primera impresión fue ver riadas de gente que entraban o
salían del gran mercado al aire libre.
Al adentrarnos por
las tumultuosas sendas entre los abigarrados puestos repletos de los más variados
productos y mercancías, sientes de golpe una amalgama sensorial de colores y formas, de
olores y ruidos, del roce de la gente. Todos los sentidos se activan de repente haciendo
sentirte partícipe de una representación de masas. Confundido entre la gente te sientes
como uno más, amparado, eso sí, en la tradicional hospitalidad árabe. La única
dificultad consiste en sortear a la gente, la de no perderte en el gentío que forman
vendedores y compradores, la de avanzar en la maraña de mercancías, bultos y bolsas.
El mercado es
típicamente de lugareños, unos ofreciendo sus productos, otros comprándolos. El
intrusismo de unos pocos turistas pasa desapercibido, sabiéndonos simples curiosos,
ajenos al ajetreo mercantil. También tienen sitio en el mercado el amplio espectro de
gremios artesanales. En cierto modo, el Mercado de los Camellos es la antítesis de la
capitalista visión de los grandes almacenes: Harrods, El Corte Inglés, Galerías
Lafayette...Por otra parte , se asemejan a nuestros mediterráneos mercados callejeros.
Quizá los vendedores sean menos vociferantes, quizá los compradores sean menos
consumistas. Puede que algunas de las ofertas tanto alimentarias como de otro tipo
resultan algo extrañas al foráneo. Sin embargo, el mercado sigue las reglas universales
donde unos venden y otros compran. La excepción puede ser cuando el vendedor nativo te
ofrece la prueba del comestible que miras con curiosidad, o te dejan degustar los sabrosos
dátiles.
En fin, un mercado pleno de
curiosidades y cosas nuevas que el turista puede apreciar. Curioso puede ser el ver como
una madre y su hija portan a su casa el armazón montado de una cama de matrimonio, tal
vez como parte del ajuar matrimonial. Cabe añadir, como apunte final, que a pesar de su
nombre no se ven camellos en el mercado, aunque sí burros, cabras y ovejas. También las
cosas están cambiando en la vida cotidiana de los tunecinos.