El relato de...


Alberto Angulo

El Mercado de Los Camellos de Susa (Túnez)

La semana vacacional de Carnaval me ofreció la ocasión de viajar a Túnez por primera vez. En mi cabeza rondaban mis deseos de combinar descanso y cultura. Era mi intención disfrutar del reconocido confort de un buen hotel en la costa tunecina y al mismo tiempo dedicar parte de mi estancia en ese país a conocer un poco de su historia, sus costumbres y el modo de vida de sus gentes.

Además de recorrer algunas variopintas medinas y otros tantos coloristas y amalgamados zocos, pude contemplar también los muchos mosaicos del Museo del Bardo en Túnez capital, mis pasos deambularon por las ruinas de la histórica Cartago, me acerqué al tan alabado pueblo costero de Sidi Bou Said. Aprecié la solidez de vetustas murallas, torres y mezquitas. Supe que las Ribats son antiguas edificaciones características de la costa, mitad fortaleza, mitad convento.

Con todo, pienso que la visita al Mercado de los Camellos fue una de las experiencias más excitantes vividas en los siete días pasados en tierras tunecinas. Alguien nos había aconsejado no dejar de acudir al Mercado de los Camellos que se celebra los domingos a las afueras de Susa, tercera ciudad en habitantes de Túnez. Un taxi nos llevó allí, dejándonos a las puertas del recinto ferial. La primera impresión fue ver riadas de gente que entraban o salían del gran mercado al aire libre.

Al adentrarnos por las tumultuosas sendas entre los abigarrados puestos repletos de los más variados productos y mercancías, sientes de golpe una amalgama sensorial de colores y formas, de olores y ruidos, del roce de la gente. Todos los sentidos se activan de repente haciendo sentirte partícipe de una representación de masas. Confundido entre la gente te sientes como uno más, amparado, eso sí, en la tradicional hospitalidad árabe. La única dificultad consiste en sortear a la gente, la de no perderte en el gentío que forman vendedores y compradores, la de avanzar en la maraña de mercancías, bultos y bolsas.

El mercado es típicamente de lugareños, unos ofreciendo sus productos, otros comprándolos. El intrusismo de unos pocos turistas pasa desapercibido, sabiéndonos simples curiosos, ajenos al ajetreo mercantil. También tienen sitio en el mercado el amplio espectro de gremios artesanales. En cierto modo, el Mercado de los Camellos es la antítesis de la capitalista visión de los grandes almacenes: Harrods, El Corte Inglés, Galerías Lafayette...Por otra parte , se asemejan a nuestros mediterráneos mercados callejeros. Quizá los vendedores sean menos vociferantes, quizá los compradores sean menos consumistas. Puede que algunas de las ofertas tanto alimentarias como de otro tipo resultan algo extrañas al foráneo. Sin embargo, el mercado sigue las reglas universales donde unos venden y otros compran. La excepción puede ser cuando el vendedor nativo te ofrece la prueba del comestible que miras con curiosidad, o te dejan degustar los sabrosos dátiles.

En fin, un mercado pleno de curiosidades y cosas nuevas que el turista puede apreciar. Curioso puede ser el ver como una madre y su hija portan a su casa el armazón montado de una cama de matrimonio, tal vez como parte del ajuar matrimonial. Cabe añadir, como apunte final, que a pesar de su nombre no se ven camellos en el mercado, aunque sí burros, cabras y ovejas. También las cosas están cambiando en la vida cotidiana de los tunecinos.

 

Alberto Angulo  -Getxo, Bizkaia
Director del Ciclo Superior de Turismo del IES Uribe Kosta de Plentzia

 

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