
"Siempre es mejor viajar con esperanza que viajar". La frase había
llegado casualmente a mis oídos el día anterior a mi salida para Túnez y la adopté
como lema de mi semana vacacional de Carnaval. Túnez era para mí un país desconocido al
que viajaba por primera vez con la implícita intención de conocerlo y poder compararlo
con otros países norteafricanos como Marruecos y Egipto a los que ya había viajado.
Partí para Túnez con la esperanza de aprender un poco de su historia, de su cultura, sus
costumbres y el modo de vida de sus gentes. Tengo que decir que la semana vivida allí me
supo a poco, se quedó corta, como cortos se hacen siempre los momentos felices.
Antes de mi
partida, había concebido este viaje como mitad cultura, mitad relax. Quería combinar el
descanso en la confortabilidad de un buen hotel, y por otra parte, recorrer las
variopintas medinas y zocos de un país árabe. Deseaba conocer sus lugares históricos
hollados por pueblos con los que hemos compartido periodos de historia a orillas del mismo
mar Mediterráneo.
Del aeropuerto de Túnez a
Port El Kantaoui un minibús fue repartiendo al pequeño grupo de españoles, dejando a
algunos en Hamamet y al resto en varios hoteles de Port El Kantaoui. La duración del
trayecto no llegó a las dos horas. Ya en el minibús la guía tunecina nos puso en
antecedentes del país que nos acababa de acoger contándonos su situación personal: era
divorciada y tenía dos hijos, se reconocía musulmana pero no practicante, bebía alcohol
y se apuntaba a la marcha nocturna de la ciudades, no hacía daño a los demás y cumplía
con la limosna a los pobres. Había aprendido en la escuela de idiomas: francés, inglés
y español. La vena patriótica de la guía tuvo su réplica por parte de algunos de los
viajeros.
Port El Kantaoui es una
moderna población turística receptora de gentes europeas que buscan el buen clima, en
esta época todavía tibio, disfrutando del sol en su piel, tumbados en la piscina o
paseando la interminable playa de agua transparente y fina arena. En febrero, los turistas
son mayoritariamente matrimonios de jubilados alemanes, británicos y franceses, con
escasa presencia de españoles.
A cinco kilómetros se
encuentra Sousse, tercera ciudad en importancia después de la capital de la nación y de
Sfax. Sousse posee una gran medina con murallas restauradas, dentro de las cuales se
encuentra la Torre-Faro, la Gran Mezquita y la Ribat, antigua edificación característica
de la costa, mitad fortaleza, mitad convento. Dispone Sousse de dos estaciones, puerto y
larga playa. Además del zoco, los domingos se celebra un gran mercado, llamado el mercado
de los camellos, donde ya no se venden camellos, pero sí ovejas y cabras, además de
verduras y frutas y todo tipo de objetos para el hogar. Curioso fue ver como portaban a
mano el armazón montado de una cama de matrimonio. Recomiendo la visita la visita a este
interesante mercado semanal de los propios lugareños.

De Sousse un tren de cercanías te lleva a Monastir en 45
minutos. En el tren compartirás asiento con universitarios y trabajadores que se
desplazan a sus puestos de trabajo o a la cercana universidad. Además de la medina y de
las restaurada Ribat, se puede visitar en Monastir el mausoleo de Bourguiba, fundador de
la moderna Túnez, nacido en esta ciudad y a la que fue retirado a morir por el actual
presidente que le derrocó. Por otra parte, la ciudad presume de ser escenario de famosas
películas y series de TV.
La estancia en Túnez hace
imprescindible la visita a la antigua Cartago, ciudad primero fenicia, luego púnica y
finalmente romana. Entre sus ruinas se pueden contemplar aún hoy día los restos de las
termas imperiales de Antonino, el gran teatro romano (sede del Festival Internacional de
verano), el anfiteatro, las villas romanas. La magnitud de sus piedras y columnas nos
hablan de la importancia histórica de la ciudad, así como de su acertada situación,
pues incluso la moderna residencia del Presidente de la nación ha elegido estos parajes
para su ubicación.
A tan sólo 2 kilómetros
de Cartago se encuentra el pintoresco y celebrado pueblo de Sidi Bou Said, encaramado en
un acantilado. Sobresalen la blancura de los muros de sus casas en contraste con el azul
de puertas, ventanas y celosías. También son impresionantes las vistas sobre el Golfo de
Túnez y sus cristalinas aguas. Las casas de blancas paredes y azules ventanas de esta
pequeña población son marca emblemática del moderno Túnez turístico.
La ruta de Cartago y Sidi
Bou Said se completa con la visita a Túnez, la capital con visos europeos y ciudad más
importante de la nación. La entrada al Museo del Bardo se hace imprescindible si se
quiere visionar una parte importante del antepasado histórico de Túnez. Por algo la
nación norteafricana tiene como sobrenombre "el país de los mosaicos". En el
Bardo se pueden contemplar gran número de bellos mosaicos de los diferentes periodos de
la acrisolada historia tunecina. Para terminar el día, bien puede el turista adentrarse
en la medina y deambular por las entreveradas y populosas calles del zoco.

La semana de vacaciones también tuvo su parte de
ocio y descanso. La elección de un buen hotel donde poder disfrutar de sus múltiples
servicios es importante. En Túnez hay varias cadenas hoteleras españolas para elegir,
como Sol Meliá, Riu, Tryp...Los hoteles de cuatro o cinco estrellas son modernos y
confortables. La piscina climatizada, tanto a primeras horas de la mañana como al
atardecer, proporciona al cuerpo del turista una placidez celestial mientras contemplas
relajado el cielo real a través del techo acristalado. Los paseos por la arena de la
playa, junto al agua transparente y bajo un sol reconfortante, son también un placer que
el cuerpo agradece. Los hoteles ofrecen al huésped además una variedad de actividades
tanto deportivas como de ocio. Por otra parte, siempre se agradece una charla con amigos
ante un vaso de té verde o contemplando el espectáculo de animación nocturna. Si
además tienes la suerte de conocer y hacer amistad con otro matrimonio agradable y de
fácil convivencia, -¡hola Julia y José Luis!- tus vacaciones ganan en valor muchos
enteros. Para terminar una conclusión: ¡qué pena que una semana tenga sólo siete
días!