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Por tierras de Segovia
Nuestro deseo de cambiar de aires nos llevó
a tierras segovianas en el puente de la Constitución. De la costa cantábrica a la costa
del cordero. Del aire del mar al aire de la sierra. Del frío húmedo al frío seco.
De los contaminados cielos nocturnos a las limpias y luminosas noches de la ancha es
Castilla. Del pescado a la carne de cordero o de cerdo lechal. Todo un cambio.
De Getxo salimos los amigos de La Galea el
jueves por la mañana. Queríamos recorrer algunas poblaciones segovianas de rico pasado
histórico y magníficos monumentos románicos. Deseábamos, también, probar la sabrosa
gastronomía de Segovia, famosa por sus corderos y cochinillos. Nuestro final de ruta para
este primer día era el pequeño pueblo de La Cuesta, a mitad de camino entre Pedraza y
Segovia. Allí nos íbamos a alojar en Casa Paco, una casa rural restaurada en
su interior y adornada de antiguos aperos agrícolas y que es recomendada por El
País-Aguilar.
Ya en tierras segovianas el grupo hizo un alto en el
camino para comer en Sepúlveda. Además del reputado asado de cordero, Sepúlveda, alzada
en un cerro, ofrece al viajero su ayuntamiento del siglo XVII, los restos de antiguas
murallas y puentes, el laberinto de sus callejuelas y un buen número de mansiones
hidalgas. Para bajar la comida nada mejor que pasearse por el camino que parte de
Sepúlveda y recorrer las Hoces del río Duratón, área de gran atractivo paisajístico.
El viernes nos acercamos a La Granja de San Ildefonso,
con la obligada visita al palacio real, aproximación arquitectónica al palacio de
Versalles. Además del grandioso palacio, toca recorrer los extraordinarios y extensos
jardines que lo rodean. Para descansar y reponerse, nada como los famosos judiones de La
Granja. Los días cortos de diciembre impiden al grupo ascender al cercano bosque de
Valsaín, uno de los mejor conservados de la sierra de Guadarrama. De vuelta a Casa
Paco, hacemos parada en Turégano, donde destacan su Plaza Mayor y el Castillo,
tantas veces pintado por el eibartarra Zuloaga, tan enamorado de estas tierras.
El sábado nuestro plan de ruta incluía Arévalo, donde
degustaríamos el tostón, como llaman al cochinillo por aquí. Antes pararíamos en Santa
María la Real de Nieva. Finalmente, pasaríamos la tarde noche en Segovia capital.
Santa María La Real de Nieva es una pequeña joya de
arte gótico. El monasterio es del siglo XV y destacan la iglesia y el claustro. La
iglesia en su mitad anterior es mudéjar, mientras su mitad posterior es gótica. En ella
está enterrada doña Blanca de Navarra. En el claustro sobresalen los maravillosos
capiteles que reflejan la vida de los habitantes de la Edad Media. Arévalo es famoso por
sus plazas y por sus iglesias mudéjares y, como buen pueblo de Castilla que se precie,
por su castillo. Claro que a nosotros nos llevó allí la fama de su tostón, preparado en
alguno de sus muchos figones. Y la verdad es que no quedamos defraudados.
Segovia es una de las ciudades con mayor riqueza
monumental de Castilla y León. Sus grandes monumentos son el conocido Acueducto, su
Catedral y el Alcázar. Merecen mención sus iglesias románicas, sus plazas y palacios.
Amén de sus famosos mesones y figones, también verdaderos monumentos del arte
gastronómico.
El domingo, al poco de abandonar La Cuesta, llegamos al
cercano pueblo de Sotosalbos. En una placa en el pueblo se nos recuerda la cita que hace
del mismo el Arcipreste de Hita en su Libro del Buen Amor. Por lo demás, el
pueblo posee la iglesia de San Miguel (s. XI), una de las primeras muestras del románico
típicamente segoviano en piedra y madera.
Segunda parada en Pedraza, villa medieval enclavada en
lo alto de un peñasco. Se entra a la misma por la puerta Barbacana, abrazada por restos
de antiguas murallas. Pedraza atrae al viajero por sus rincones singulares, sus plazas,
pórticos y balconadas, donde queda todavía la pátina de la historia. Y a la historia de
Castilla también contribuyó el Castillo de Pedraza, comprado por el pintor Zuloaga
en los años veinte y donde se pueden contemplar algunas de sus obras.
La parada en Aranda de Duero era inevitable en nuestro
regreso a Getxo, ya que inevitable era degustar una vez más el cordero asado. Finalmente
queda decir que después de estos pocos días vividos en tierras segovianas, los amigos
de La Galea regresábamos a Getxo reconfortados en alma y cuerpo.
Alberto Angulo
-Getxo, Bizkaia
Director del Ciclo Superior de Turismo del IES Uribe Kosta de Plentzia
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